Se ha puesto a llover en mí y han empezado a oxidarse los metales que recubren las joyas que albergo allá dentro. Lo más cercano siempre se valora menos que lo que no está al alcance de la mano y, ¿qué sucede cuando no puedes ni agarrar la joya porque está herida y llena de muescas? Es muy ridículo cómo la mente humana es la que provoca la propia locura sin antes avisar.
Y aquí estoy yo; esperando lo inevitable mientras desayuno tazones de melancolia y nostalgia que ni siquiera debería sentir. Por lo visto, en el supermercado se quedaron sin felicidad simple, de esa que no engorda y de la que no se aprende absolutamente nada, y de la que no se desprenden textos. Uno se cansa de que la vida canse por cansarnos y es que cuánto más pasan los años más fácil es entablar una conversación con alguien que aparentemente es ajeno a tus pensamientos, pero más difícil será que confíe en ti. Ah, y también es más difícil que se fíe de que mi locura es legítima y de que todo lo que hago nace de la profunda fascinación. Pero claro, si le sonríes a alguien con los ojos brillantes y le dices lo bueno que es en algo, lo guapo que es o lo profundo que crees es su fuero interno, pues te va a mirar raro. Lo peor es que lo entiendo.
Me ha pasado tan pocas veces que creo que aún es algo fantástico y producto de mi imaginación, pero sé con certeza que hay personas que aparecen para cambiarlo todo. Nuevos métodos, nuevas reacciones, nueva rutina, nueva música, nuevos lugares, nuevas miradas...
C'est la vie, supongo.
Por cierto: Qué guay es "El Temblor" de Dorian, aunque en este caso y a esta entrada le pega más Summertime Sadness.
domingo, 7 de julio de 2013
martes, 4 de junio de 2013
Cuestionando mi existencia
Publicado por
Albert Alsina
en
9:22
Normalmente no suelo pensar en estas cosas, inmaduro de mí, pero la coyuntura me dice que por delante solo tengo un enorme agujero negro que absorberá lo poco útil que reside en mí para expulsarlo en algún callejón sin salida, rociado de una macedonia de orines caninos y vagabundescos. Nunca he creído que hiciera algo mejor que el resto de personas, pero tampoco pensé que lo hiciera peor. Ahora sé que hacerlo bien o mal no importa si no te ciñes a un guión prestablecido por una sociedad erosionada y oxidada. Veo mi futuro supeditado a un individuo con carencias emocionales graves y cuyo desahogo principal sea la humillación de sus ya humillados empleados al estar por debajo de él en la cadena evolutiva profesional. Al principio quería escribir para mí mismo, luego pensé que quizá podría mostrarle al mundo algo personal y único para hacerles disfrutar y olvidar todas sus penas, problemas, conflictos... Como hago yo cada noche al leer cualquier cosa que tenga entre las manos y que posea un mínimo de calidad. Ahora mismo, mi superior directo es la mediocridad. Allá dónde vaya siempre me sigue, gritándome que no me esfuerce, que no es necesario intentar abrirse paso entre una multitud de piedra inmutable. Intenté ignorar a ese guía cabrón, pero cada vez que me encuentro algo bajo de suministros anímicos aparece para volver a la carga contra mi valuarte debilitado. Los estudios siempre han sido mi escudo contra la profesionalidad; el hecho de intentar acercarme cada vez más a la cátedra es lo que ha dado sentido a muchos de los años de mi vida y, debido a que soy joven, espero poder aprender mucho más en los años que me quedan, pero... Considero que este recorrido que he seguido durante 3 años y que culminará en 2014, no me llevará a buen puerto, sino que se hundirá sin remedio en los pantanos de la complementariedad. Esta carrera no será nada más que una frase subordinada sobre otra que aún está por contruir... Solo espero encontrar el verbo pronto para poder realizar la acción y que el sujeto deje de ser elíptico en este mundo para que pueda tener voz propia, levantarse de la silla de la dependencia y clamar que todo es posible a pesar de que todo está también condicionado. ¿Son solo sueños? No lo sé. Y, francamente, no quiero saberlo. Ya no tengo claro que lo que hago, lo único que sé hacer, esté bien.
domingo, 19 de mayo de 2013
Decisiones salomónicas
Publicado por
Albert Alsina
en
20:26
¿Conocéis esas situaciones en las que te posiciona la vida sin avisar y en las que debes tomar una elección que sabes que te perjudicará a corto o a largo plazo? El abanico de opciones que tengas al alcance es totalmente indiferente, pues algo acabará trastocando tu día a día y, seguramente, tu cordura. ¿Qué haces cuando algo entorpece tu camino hacia el crecimiento y hacia la madurez? Lo dejas de lado, ¿verdad? Pero... ¿Qué hacer cuando "eso" es lo que te otorga estabilidad? Sí, abandoné un nexo de lucidez y cordura para despertar de nuevo la bohemia que hay entre mis huesos, pero no todo salió bien. Ahora soy un ser con alas, libre, pero como a Ícaro se me están resintiendo proyectando ante mis ojos una caída estrepitosa por haberme acercado demasiado al Sol. ¿De qué sirven unas alas si no sabes volar?
Echo de menos esa piedra en el camino como término genérico y nada concreto. Echo de menor el poder tener alas pero mantenerlas extendidas admitiendo la propia incapacidad de flotar en el aire.
Echo de menos esa piedra en el camino como término genérico y nada concreto. Echo de menor el poder tener alas pero mantenerlas extendidas admitiendo la propia incapacidad de flotar en el aire.
domingo, 14 de abril de 2013
Tristitia como compañera eterna
Publicado por
Albert Alsina
en
18:07
Estoy cansado de todo esto. Incluso escapando de la rutina encuentro otra rutina. Incluso dejando de lado la indiferencia para sentir, me topo de bruces con una hoja en blanco y un texto que no leeré y que mi mente escupe con rabia. Después de tantos años de crecer física y psicológicamente he llegado a la conclusión de que en esencia apenas no he evolucionado. O sí, creo que quienes me conocen lo hacen mejor que yo mismo, así que son ellos y ellas los que podrían hablar sobre ello con propiedad. Yo siento que no he cambiado en lo más profundo de mi ser.
Sigo buscando la calma en uno mismo, continuo buscando un rincón en el que esconderme del mundo, y de todos vosotros. Sigo escribiendo y sigo vomitando lo que siento sin temor a que todos podáis leerlo porque es una carga que, de no compartir, pesaría demasiado. No ha cambiado mi fascinación por lo oscuro, por lo desconocido y por lo ajeno a la mayoría. Sigue siendo mi pasión la cultura clásica, la cultura que se aleja de la contemporaneidad, aquello que quedo cubierto del polvo de sus propias ruinas, como el ser humano tras morir. En definitiva, se podría decir que amo lo que ya está muerto y que la vida me fascina, pero solo en su justa medida. Una ciudad medieval atrapada en el anacronismo está finada en la actualidad, pero entre sus murallas ya no corretean niños hambrientos, ni soldados ataviados con gruesas armaduras, ni reyes despóticos. No, ahora solo se desliza la sombra de la sombra de un fantasma que nunca existió. Y yo mismo. Por eso me fascina tanto la muerte y el pasado, porque puede hacerte la misma compañía que el mejor de los amigos: la soledad. La convergencia entre el pasado y el presente es algo que atrae mi atención como una mujer hermosa. ¿Y qué ciudad posee multitud de capas históricas? Barcelona. Siempre hay una excusa para viajar hasta Barcelona y perderme entre sus murallas ennegrecidas y sus callejones góticos.
Pero estos dos párrafos solo demuestran lo poco que me contenta la vida aun teniendo uno de los mayores tesoros que en esta época casi nadie tiene la suerte de poseer: unas amistades fraternales. Si la muerte rozara a una de estas personas saltaría los muros de la metafísica para arrancarla la guadaña y tallar sus huesos lentamente. Lovecraft dijo que "con extraños eones incluso la muerte puede morir".
Si soy tan afortunado, entonces... ¿Por qué me siento así? ¿Qué quiero realmente? ¿Por qué un año repleto de cosas que un hombre común querría hacer a todas horas no me llena en absoluto? No lo entiendo, ni nunca lo entenderé. A veces pienso que no debería haber nacido siendo yo, que ha habido un error divino o algo por el estilo.
Por último, es ese maldito sentimiento el que hace que toda la mierda que llevo dentro salga a la luz. Sin ello, sería estúpidamente feliz, escondería el dolor tras una máscara de marfil, dura y blanca. Brillante. Pero no es así. Sí siento eso; sí. Es como una espada clavada en el estómago, es como una lanza que te atraviesa la garganta y que impide pronunciar una palabra tras otra en una sucesión lógica, como borbotones de sangre que te atragantan. Estoy seguro que quien haya leído hasta aquí sabe de lo que hablo. Es algo que nunca se siente cuando se desea. Aparece cuando menos lo deseas y te destroza poco a poco. No es bonito, es terrible, es como una enfermedad que te consume poco a poco, como una lepra del alma. Lo das todo por una convicción que ni siquiera es tuya ni es legítima. Dejas de lado todo lo que estuvo siempre a tu vera para darle la mano a un desconocido. Es una enfermedad, lo es...
De todos modos no diré que no quiero sentir. La indiferencia me provoca más tristeza que la propia tristeza y, además, es una tristeza que ni siquiera me inspira. Es vacío. Es nada. El sufrimiento forma parte de la vida y engendra los párrafos que tenéis arriba, pero de vez en cuando quiero vivir estúpidamente feliz. ¿Dónde ha quedado mi espíritu adolescente? No han pasado tantos años... ¿O sí?
Sigo buscando la calma en uno mismo, continuo buscando un rincón en el que esconderme del mundo, y de todos vosotros. Sigo escribiendo y sigo vomitando lo que siento sin temor a que todos podáis leerlo porque es una carga que, de no compartir, pesaría demasiado. No ha cambiado mi fascinación por lo oscuro, por lo desconocido y por lo ajeno a la mayoría. Sigue siendo mi pasión la cultura clásica, la cultura que se aleja de la contemporaneidad, aquello que quedo cubierto del polvo de sus propias ruinas, como el ser humano tras morir. En definitiva, se podría decir que amo lo que ya está muerto y que la vida me fascina, pero solo en su justa medida. Una ciudad medieval atrapada en el anacronismo está finada en la actualidad, pero entre sus murallas ya no corretean niños hambrientos, ni soldados ataviados con gruesas armaduras, ni reyes despóticos. No, ahora solo se desliza la sombra de la sombra de un fantasma que nunca existió. Y yo mismo. Por eso me fascina tanto la muerte y el pasado, porque puede hacerte la misma compañía que el mejor de los amigos: la soledad. La convergencia entre el pasado y el presente es algo que atrae mi atención como una mujer hermosa. ¿Y qué ciudad posee multitud de capas históricas? Barcelona. Siempre hay una excusa para viajar hasta Barcelona y perderme entre sus murallas ennegrecidas y sus callejones góticos.
Pero estos dos párrafos solo demuestran lo poco que me contenta la vida aun teniendo uno de los mayores tesoros que en esta época casi nadie tiene la suerte de poseer: unas amistades fraternales. Si la muerte rozara a una de estas personas saltaría los muros de la metafísica para arrancarla la guadaña y tallar sus huesos lentamente. Lovecraft dijo que "con extraños eones incluso la muerte puede morir".
Si soy tan afortunado, entonces... ¿Por qué me siento así? ¿Qué quiero realmente? ¿Por qué un año repleto de cosas que un hombre común querría hacer a todas horas no me llena en absoluto? No lo entiendo, ni nunca lo entenderé. A veces pienso que no debería haber nacido siendo yo, que ha habido un error divino o algo por el estilo.
Por último, es ese maldito sentimiento el que hace que toda la mierda que llevo dentro salga a la luz. Sin ello, sería estúpidamente feliz, escondería el dolor tras una máscara de marfil, dura y blanca. Brillante. Pero no es así. Sí siento eso; sí. Es como una espada clavada en el estómago, es como una lanza que te atraviesa la garganta y que impide pronunciar una palabra tras otra en una sucesión lógica, como borbotones de sangre que te atragantan. Estoy seguro que quien haya leído hasta aquí sabe de lo que hablo. Es algo que nunca se siente cuando se desea. Aparece cuando menos lo deseas y te destroza poco a poco. No es bonito, es terrible, es como una enfermedad que te consume poco a poco, como una lepra del alma. Lo das todo por una convicción que ni siquiera es tuya ni es legítima. Dejas de lado todo lo que estuvo siempre a tu vera para darle la mano a un desconocido. Es una enfermedad, lo es...
De todos modos no diré que no quiero sentir. La indiferencia me provoca más tristeza que la propia tristeza y, además, es una tristeza que ni siquiera me inspira. Es vacío. Es nada. El sufrimiento forma parte de la vida y engendra los párrafos que tenéis arriba, pero de vez en cuando quiero vivir estúpidamente feliz. ¿Dónde ha quedado mi espíritu adolescente? No han pasado tantos años... ¿O sí?
miércoles, 10 de abril de 2013
Hoy no tengo nada que leer
Publicado por
Albert Alsina
en
2:21
Me encuentro en la cama de mi habitación, sin nada que leer, salvo las palabras a las que yo mismo doy vida. Mi receptáculo no es maravilloso, no se trata de una alcoba protegida por finas cortinas de seda o de los aposentos pétreos de un rey. No, estoy sentado sobre una cama perteneciente a la época contemporánea, producida seguramente en serie y sin nada particular o reseñable.
Ni siquiera sé si es miedo lo que siento al tratar de expresar mi debilidad más terrible, o si es desconfianza hacia los pocos lectores de los lamentos de este incursor de dolor. Cuando sé que el día está a punto de terminar me siento feliz al pensar que volveré a mi completamente normal cama, y no por el descanso que promete, sino por los sueños y los mundos que me abren mis compañeros más silenciosos.
Puedo estar días, semanas e incluso un mes entero sin leer, pero la certeza de que esa obra me está esperando hace de mis días una estrella algo más brillante. Todos los libros son distintos, y todos los autores, un universo. Leer es querer conocer a esa persona que sujetó la pluma o tecleó las articulaciones de un portátil barato. Leer es querer crecer. Leer es aprender a ser lector. Leer es dialogar con uno mismo y escribir es llegar a un acuerdo. Leer es una lágrima y una sonrisa, un puñetazo y una caricia, una muerte y una vida nueva, un agravio y una poesía.... Todo ello combinado provocando un Big Bang sensorial.
Evidentemente, no soy tan melodramático como para sentir tristeza ante la ausencia de una novela que rellene los huecos de mi eterna noche psicológica, pero sí siento un vacío que me parece ridículo. Hay millones de obras por conocer y una vida muy corta por delante en comparación. Y hoy, no tengo nada que leer. Esta incertidumbre solo demuestra incultura e indecisión por mi parte, y nada más. Si fuera sabio, podría titular esta entrada como mi novela favorita: "El temor de un hombre sabio". Lástima, quedaría muy solemne.
Por último y más importante, la novela es mi psicóloga, y ni siquiera me pide favores a falta de cobro. La novela me ayuda a olvidar que recuerdo. La novela es mi capucha cobarde y mi camarada muda. La novela desactiva la capacidad que me dio mi cerebro para preocuparme por lo más nimio. La novela es mi amante y mi mujer infiel.
La novela es la única opción que tengo de huir de mi mismo y, por ende, de ti, seas quien seas.
Hoy no tengo nada que leer, pero la escritura es la lectura de mi ayer.
Y ya va siendo hora de escribir un relato.
Ni siquiera sé si es miedo lo que siento al tratar de expresar mi debilidad más terrible, o si es desconfianza hacia los pocos lectores de los lamentos de este incursor de dolor. Cuando sé que el día está a punto de terminar me siento feliz al pensar que volveré a mi completamente normal cama, y no por el descanso que promete, sino por los sueños y los mundos que me abren mis compañeros más silenciosos.
Puedo estar días, semanas e incluso un mes entero sin leer, pero la certeza de que esa obra me está esperando hace de mis días una estrella algo más brillante. Todos los libros son distintos, y todos los autores, un universo. Leer es querer conocer a esa persona que sujetó la pluma o tecleó las articulaciones de un portátil barato. Leer es querer crecer. Leer es aprender a ser lector. Leer es dialogar con uno mismo y escribir es llegar a un acuerdo. Leer es una lágrima y una sonrisa, un puñetazo y una caricia, una muerte y una vida nueva, un agravio y una poesía.... Todo ello combinado provocando un Big Bang sensorial.
Evidentemente, no soy tan melodramático como para sentir tristeza ante la ausencia de una novela que rellene los huecos de mi eterna noche psicológica, pero sí siento un vacío que me parece ridículo. Hay millones de obras por conocer y una vida muy corta por delante en comparación. Y hoy, no tengo nada que leer. Esta incertidumbre solo demuestra incultura e indecisión por mi parte, y nada más. Si fuera sabio, podría titular esta entrada como mi novela favorita: "El temor de un hombre sabio". Lástima, quedaría muy solemne.
Por último y más importante, la novela es mi psicóloga, y ni siquiera me pide favores a falta de cobro. La novela me ayuda a olvidar que recuerdo. La novela es mi capucha cobarde y mi camarada muda. La novela desactiva la capacidad que me dio mi cerebro para preocuparme por lo más nimio. La novela es mi amante y mi mujer infiel.
La novela es la única opción que tengo de huir de mi mismo y, por ende, de ti, seas quien seas.
Hoy no tengo nada que leer, pero la escritura es la lectura de mi ayer.
Y ya va siendo hora de escribir un relato.
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