lunes, 7 de octubre de 2013

All-in sobre el arca de la alianza

Ya no hay vuelta atrás. He cruzado una senda sin retorno, como en esas películas malas o en esos videojuegos genéricos en los que cae un tronco en mitad del camino sin razón aparente, cortando cualquier vía de escape. Sí, he apostado todas mis fichas, en un all-in del destino, obligando al resto de jugadores implicados a que pongan toda la carne en el asador. Quizá me estoy pasando, quizá estoy rozando el límite de lo que debería ser la naturalidad de la vida. Quizá estoy, en fin, forzando algo que llevo anhelando desde hace muchísimo tiempo sin saber por qué o sin querer admitirlo conmigo mismo.

Echo de menos la cobardía que me caracterizaba con estos temas cuando era bastante más joven. Le daba juego a la vida en general y me hacía sentir con el doble de potencia en particular. Ahora, soy cobarde en otro aspecto: me tenéis delante de la mesa, esperando a que la quinta carta se destape para mostrar una mano que ni siquiera he mirado. Apostando a ciegas voy en esta partida de poker de la vida y no temo entrar en ella sin una estrategia, sino el resultado final. ¿Victoria o derrota? Quién sabe.

Lo único que le pido al destino, si es que existe, es que no me aleje del descubrimiento más importante que he hecho en los últimos tiempos, de ese cofre dorado que he abierto sin forzar la cerradura, con ternura, cariño y, en cierto modo, amor irracional. Y lo único que me pido a mí mismo es un poco de paciencia, cordura (en la medida de lo posible dentro de la locura en que resulta todo esto) y madurez.

La cerradura del cofre estaba algo debilitada, pues la llave llevaba un par de años en ella, sin moverse, en una rutina de óxido e invariabilidad. Haber encontrado la llave perdida no me da derecho a volver a insertarla si haber restaurado antes el maltrecho baúl, arca de la alianza.

martes, 13 de agosto de 2013

Una noche de fiesta: tu mente te habla

Contemplas los restos del semidesaparecido sello que te estamparon al intentar huír de la discoteca para tomar una cerveza y ahogar las penas y las glorias en cebada. Te das cuenta de que, al muy hijo de puta, le ha costado difuminarse, pero que eso te hace pensar en la noche del sábado. Típico: amigos, alcohol, música, conversaciones absurdas y otras muy serias.

No es que importe lo que hayas decidido hacer durante la noche, pues decenas de personas harán lo mismo que tú y posiblemente de diviertan más por el simple hecho de que eres como eres. Saboreas la felicidad, pero sin la silenciosa, solitaria y oscura tristeza te sabe como a lechuga sin condimento. ¿Quizá por ello buscas resentimiento biológico en el alcohol? ¿Podría ser que fueras un incursor del dolor propio y ajeno? Quién sabe. En cualquier caso, te lo estás pasando de puta madre con tus "hermanos" y, aunque te gusta anotar ideas en tu mente para (por alguna razón) escribir, está todo tan difuso que optas por apartar de tu mente todo aquello que intenta flotar y dirigirse hacia tu boca. No, que no brote de tus labios.

Una hora. Ese es todo el tiempo que tienes para lamer la barra del más decadente bar de la zona. Pero, ¡eh! Los propietarios suelen ser la simpatía personificada y ríen al verte derramar lágrimas tras consumir el chupito de fuego e infierno que te propinan con una sonrisa y la palma de la mano bien extendida en señal exigente de merecida recompensa. Les pagas. Son muy majos. Son tus camellos de una noche, de cada noche y de cada sábado que se puede. Sabes que, esa droga, aunque legal, es jodida. Pero te gusta. Te encanta. Tus pensamientos se vuelven nuves y, cuando llegas a casa, llueves. Todo ello después de miccionar, claro está. Pero aún no has vuelto a casa, aún no se ha terminado la noche, ni mucho menos la fiesta. Con la mejor compañía de la que te vez capaz de rodearte (y menos mal), vuelves a entrar a la caja de zapatos de rock, cantos rodados y metal. Hay mucha gente, casi todos desconocidos. También hay muchos grandes amigos y amigas pululando por allá, pero por alguna razón, cuando tu cabeza es niebla no los procesas con celeridad. Están ahí sin más. Al menos no dejarán que eches espuma por la boca. No en el suelo, digo. Te tumbarán en un banco o algo, pero eso no pasará. No al menos hoy. Esperemos que nunca.

¡Mira! Es esa chica. Está sobria. Estás ebrio. Ella cree que eres imbécil y un crío. Joder, lo aparentas, mírate. Quizá nunca llegue a saber que, por dentro, no eres tan desdeñable como por fuera. Es una lástima, pero no aparentas ser un hombre. Tienes 22 años y ya has dejado de crecer, pero tu mente intenta seguir activa incluso atravesando los ríos de alcohol que alimentas sin ton ni son durante la noche. ¡Dios! Esa cerveza es horrible. Sabe mucho mejor una Guiness cuando suena el clink de tu jarra contra la de tus colegas. Confórmate. Bebes para olvidar. Bebes para no pensar. Bebes para cometer errores por los que lamentarte y aprender a posteriori. O no. ¿Quién sabe? Tú no, desde luego. Y ella menos. Te acercas porque un amigo te ha visto mirarla, casi admirándola. No es solo hermosa, te atrae por algo más, aunque no sabes (ni sabrás) por qué. Te presionan. ¡Dile algo! Te acercas tambaleante, creyendo que la dignidad aún te sostiene, que no. Balbuceas frases sin sentido. Cometes el error principal ante cualquier mujer, ante cualquier persona: Intentas caerle bien. Vaya, no eres tú mismo. Y no, no culpes al alcohol. Eres estúpido sin más, el alcohol únicamente provoca que seas un estúpido borroso. A pesar de todo ella contesta, se digna a clavar su mirada en la tuya sin apartarte sin piedad. Sabes que finalmente lo hará. ¡Vaya! Lo ha hecho. Te lo dije. ¿Y ahora? ¿A seguir bailando como un imbécil? Sí, es divertido. Sabes que ni sobrio te queda algo de vergüenza y que, hacer el payaso te divierte sobremanera. La diferencia entre el antes y el después de la conversación es que, antes, tus compañeros eran tus amigos, el alcohol, la niebla, la música y la multitud. Después, ahora, son ella, el rechazo, la inseguridad, la niebla, tus compañeros, nadie más. Pero bailas. Bailas porque sabes que en 3 horas llegarás a casa y te rendirás en un lecho que has compartido más de un centenar de veces, solo que ahora estás solo. Y encima la niebla se despeja para dar paso al dolor.

Pero bueno, la fiesta sienta bien.

Siempre y cuando una mujer aparentemente interesante no crea que tú no lo eres.

domingo, 7 de julio de 2013

Incoherencias que se exilian en verano

Se ha puesto a llover en mí y han empezado a oxidarse los metales que recubren las joyas que albergo allá dentro. Lo más cercano siempre se valora menos que lo que no está al alcance de la mano y, ¿qué sucede cuando no puedes ni agarrar la joya porque está herida y llena de muescas? Es muy ridículo cómo la mente humana es la que provoca la propia locura sin antes avisar.

Y aquí estoy yo; esperando lo inevitable mientras desayuno tazones de melancolia y nostalgia que ni siquiera debería sentir. Por lo visto, en el supermercado se quedaron sin felicidad simple, de esa que no engorda y de la que no se aprende absolutamente nada, y de la que no se desprenden textos. Uno se cansa de que la vida canse por cansarnos y es que cuánto más pasan los años más fácil es entablar una conversación con alguien que aparentemente es ajeno a tus pensamientos, pero más difícil será que confíe en ti. Ah, y también es más difícil que se fíe de que mi locura es legítima y de que todo lo que hago nace de la profunda fascinación. Pero claro, si le sonríes a alguien con los ojos brillantes y le dices lo bueno que es en algo, lo guapo que es o lo profundo que crees es su fuero interno, pues te va a mirar raro. Lo peor es que lo entiendo.

Me ha pasado tan pocas veces que creo que aún es algo fantástico y producto de mi imaginación, pero sé con certeza que hay personas que aparecen para cambiarlo todo. Nuevos métodos, nuevas reacciones, nueva rutina, nueva música, nuevos lugares, nuevas miradas...

C'est la vie, supongo.

Por cierto: Qué guay es "El Temblor" de Dorian, aunque en este caso y a esta entrada le pega más Summertime Sadness.

martes, 4 de junio de 2013

Cuestionando mi existencia

Normalmente no suelo pensar en estas cosas, inmaduro de mí, pero la coyuntura me dice que por delante solo tengo un enorme agujero negro que absorberá lo poco útil que reside en mí para expulsarlo en algún callejón sin salida, rociado de una macedonia de orines caninos y vagabundescos. Nunca he creído que hiciera algo mejor que el resto de personas, pero tampoco pensé que lo hiciera peor. Ahora sé que hacerlo bien o mal no importa si no te ciñes a un guión prestablecido por una sociedad erosionada y oxidada. Veo mi futuro supeditado a un individuo con carencias emocionales graves y cuyo desahogo principal sea la humillación de sus ya humillados empleados al estar por debajo de él en la cadena evolutiva profesional. Al principio quería escribir para mí mismo, luego pensé que quizá podría mostrarle al mundo algo personal y único para hacerles disfrutar y olvidar todas sus penas, problemas, conflictos... Como hago yo cada noche al leer cualquier cosa que tenga entre las manos y que posea un mínimo de calidad. Ahora mismo, mi superior directo es la mediocridad. Allá dónde vaya siempre me sigue, gritándome que no me esfuerce, que no es necesario intentar abrirse paso entre una multitud de piedra inmutable. Intenté ignorar a ese guía cabrón, pero cada vez que me encuentro algo bajo de suministros anímicos aparece para volver a la carga contra mi valuarte debilitado. Los estudios siempre han sido mi escudo contra la profesionalidad; el hecho de intentar acercarme cada vez más a la cátedra es lo que ha dado sentido a muchos de los años de mi vida y, debido a que soy joven, espero poder aprender mucho más en los años que me quedan, pero... Considero que este recorrido que he seguido durante 3 años y que culminará en 2014, no me llevará a buen puerto, sino que se hundirá sin remedio en los pantanos de la complementariedad. Esta carrera no será nada más que una frase subordinada sobre otra que aún está por contruir... Solo espero encontrar el verbo pronto para poder realizar la acción y que el sujeto deje de ser elíptico en este mundo para que pueda tener voz propia, levantarse de la silla de la dependencia y clamar que todo es posible a pesar de que todo está también condicionado. ¿Son solo sueños? No lo sé. Y, francamente, no quiero saberlo. Ya no tengo claro que lo que hago, lo único que sé hacer, esté bien.

domingo, 19 de mayo de 2013

Decisiones salomónicas

¿Conocéis esas situaciones en las que te posiciona la vida sin avisar y en las que debes tomar una elección que sabes que te perjudicará a corto o a largo plazo? El abanico de opciones que tengas al alcance es totalmente indiferente, pues algo acabará trastocando tu día a día y, seguramente, tu cordura. ¿Qué haces cuando algo entorpece tu camino hacia el crecimiento y hacia la madurez? Lo dejas de lado, ¿verdad? Pero... ¿Qué hacer cuando "eso" es lo que te otorga estabilidad? Sí, abandoné un nexo de lucidez y cordura para despertar de nuevo la bohemia que hay entre mis huesos, pero no todo salió bien. Ahora soy un ser con alas, libre, pero como a Ícaro se me están resintiendo proyectando ante mis ojos una caída estrepitosa por haberme acercado demasiado al Sol. ¿De qué sirven unas alas si no sabes volar?

Echo de menos esa piedra en el camino como término genérico y nada concreto. Echo de menor el poder tener alas pero mantenerlas extendidas admitiendo la propia incapacidad de flotar en el aire.