Estoy cansado de todo esto. Incluso escapando de la rutina encuentro otra rutina. Incluso dejando de lado la indiferencia para sentir, me topo de bruces con una hoja en blanco y un texto que no leeré y que mi mente escupe con rabia. Después de tantos años de crecer física y psicológicamente he llegado a la conclusión de que en esencia apenas no he evolucionado. O sí, creo que quienes me conocen lo hacen mejor que yo mismo, así que son ellos y ellas los que podrían hablar sobre ello con propiedad. Yo siento que no he cambiado en lo más profundo de mi ser.
Sigo buscando la calma en uno mismo, continuo buscando un rincón en el que esconderme del mundo, y de todos vosotros. Sigo escribiendo y sigo vomitando lo que siento sin temor a que todos podáis leerlo porque es una carga que, de no compartir, pesaría demasiado. No ha cambiado mi fascinación por lo oscuro, por lo desconocido y por lo ajeno a la mayoría. Sigue siendo mi pasión la cultura clásica, la cultura que se aleja de la contemporaneidad, aquello que quedo cubierto del polvo de sus propias ruinas, como el ser humano tras morir. En definitiva, se podría decir que amo lo que ya está muerto y que la vida me fascina, pero solo en su justa medida. Una ciudad medieval atrapada en el anacronismo está finada en la actualidad, pero entre sus murallas ya no corretean niños hambrientos, ni soldados ataviados con gruesas armaduras, ni reyes despóticos. No, ahora solo se desliza la sombra de la sombra de un fantasma que nunca existió. Y yo mismo. Por eso me fascina tanto la muerte y el pasado, porque puede hacerte la misma compañía que el mejor de los amigos: la soledad. La convergencia entre el pasado y el presente es algo que atrae mi atención como una mujer hermosa. ¿Y qué ciudad posee multitud de capas históricas? Barcelona. Siempre hay una excusa para viajar hasta Barcelona y perderme entre sus murallas ennegrecidas y sus callejones góticos.
Pero estos dos párrafos solo demuestran lo poco que me contenta la vida aun teniendo uno de los mayores tesoros que en esta época casi nadie tiene la suerte de poseer: unas amistades fraternales. Si la muerte rozara a una de estas personas saltaría los muros de la metafísica para arrancarla la guadaña y tallar sus huesos lentamente. Lovecraft dijo que "con extraños eones incluso la muerte puede morir".
Si soy tan afortunado, entonces... ¿Por qué me siento así? ¿Qué quiero realmente? ¿Por qué un año repleto de cosas que un hombre común querría hacer a todas horas no me llena en absoluto? No lo entiendo, ni nunca lo entenderé. A veces pienso que no debería haber nacido siendo yo, que ha habido un error divino o algo por el estilo.
Por último, es ese maldito sentimiento el que hace que toda la mierda que llevo dentro salga a la luz. Sin ello, sería estúpidamente feliz, escondería el dolor tras una máscara de marfil, dura y blanca. Brillante. Pero no es así. Sí siento eso; sí. Es como una espada clavada en el estómago, es como una lanza que te atraviesa la garganta y que impide pronunciar una palabra tras otra en una sucesión lógica, como borbotones de sangre que te atragantan. Estoy seguro que quien haya leído hasta aquí sabe de lo que hablo. Es algo que nunca se siente cuando se desea. Aparece cuando menos lo deseas y te destroza poco a poco. No es bonito, es terrible, es como una enfermedad que te consume poco a poco, como una lepra del alma. Lo das todo por una convicción que ni siquiera es tuya ni es legítima. Dejas de lado todo lo que estuvo siempre a tu vera para darle la mano a un desconocido. Es una enfermedad, lo es...
De todos modos no diré que no quiero sentir. La indiferencia me provoca más tristeza que la propia tristeza y, además, es una tristeza que ni siquiera me inspira. Es vacío. Es nada. El sufrimiento forma parte de la vida y engendra los párrafos que tenéis arriba, pero de vez en cuando quiero vivir estúpidamente feliz. ¿Dónde ha quedado mi espíritu adolescente? No han pasado tantos años... ¿O sí?
domingo, 14 de abril de 2013
miércoles, 10 de abril de 2013
Hoy no tengo nada que leer
Publicado por
Albert Alsina
en
2:21
Me encuentro en la cama de mi habitación, sin nada que leer, salvo las palabras a las que yo mismo doy vida. Mi receptáculo no es maravilloso, no se trata de una alcoba protegida por finas cortinas de seda o de los aposentos pétreos de un rey. No, estoy sentado sobre una cama perteneciente a la época contemporánea, producida seguramente en serie y sin nada particular o reseñable.
Ni siquiera sé si es miedo lo que siento al tratar de expresar mi debilidad más terrible, o si es desconfianza hacia los pocos lectores de los lamentos de este incursor de dolor. Cuando sé que el día está a punto de terminar me siento feliz al pensar que volveré a mi completamente normal cama, y no por el descanso que promete, sino por los sueños y los mundos que me abren mis compañeros más silenciosos.
Puedo estar días, semanas e incluso un mes entero sin leer, pero la certeza de que esa obra me está esperando hace de mis días una estrella algo más brillante. Todos los libros son distintos, y todos los autores, un universo. Leer es querer conocer a esa persona que sujetó la pluma o tecleó las articulaciones de un portátil barato. Leer es querer crecer. Leer es aprender a ser lector. Leer es dialogar con uno mismo y escribir es llegar a un acuerdo. Leer es una lágrima y una sonrisa, un puñetazo y una caricia, una muerte y una vida nueva, un agravio y una poesía.... Todo ello combinado provocando un Big Bang sensorial.
Evidentemente, no soy tan melodramático como para sentir tristeza ante la ausencia de una novela que rellene los huecos de mi eterna noche psicológica, pero sí siento un vacío que me parece ridículo. Hay millones de obras por conocer y una vida muy corta por delante en comparación. Y hoy, no tengo nada que leer. Esta incertidumbre solo demuestra incultura e indecisión por mi parte, y nada más. Si fuera sabio, podría titular esta entrada como mi novela favorita: "El temor de un hombre sabio". Lástima, quedaría muy solemne.
Por último y más importante, la novela es mi psicóloga, y ni siquiera me pide favores a falta de cobro. La novela me ayuda a olvidar que recuerdo. La novela es mi capucha cobarde y mi camarada muda. La novela desactiva la capacidad que me dio mi cerebro para preocuparme por lo más nimio. La novela es mi amante y mi mujer infiel.
La novela es la única opción que tengo de huir de mi mismo y, por ende, de ti, seas quien seas.
Hoy no tengo nada que leer, pero la escritura es la lectura de mi ayer.
Y ya va siendo hora de escribir un relato.
Ni siquiera sé si es miedo lo que siento al tratar de expresar mi debilidad más terrible, o si es desconfianza hacia los pocos lectores de los lamentos de este incursor de dolor. Cuando sé que el día está a punto de terminar me siento feliz al pensar que volveré a mi completamente normal cama, y no por el descanso que promete, sino por los sueños y los mundos que me abren mis compañeros más silenciosos.
Puedo estar días, semanas e incluso un mes entero sin leer, pero la certeza de que esa obra me está esperando hace de mis días una estrella algo más brillante. Todos los libros son distintos, y todos los autores, un universo. Leer es querer conocer a esa persona que sujetó la pluma o tecleó las articulaciones de un portátil barato. Leer es querer crecer. Leer es aprender a ser lector. Leer es dialogar con uno mismo y escribir es llegar a un acuerdo. Leer es una lágrima y una sonrisa, un puñetazo y una caricia, una muerte y una vida nueva, un agravio y una poesía.... Todo ello combinado provocando un Big Bang sensorial.
Evidentemente, no soy tan melodramático como para sentir tristeza ante la ausencia de una novela que rellene los huecos de mi eterna noche psicológica, pero sí siento un vacío que me parece ridículo. Hay millones de obras por conocer y una vida muy corta por delante en comparación. Y hoy, no tengo nada que leer. Esta incertidumbre solo demuestra incultura e indecisión por mi parte, y nada más. Si fuera sabio, podría titular esta entrada como mi novela favorita: "El temor de un hombre sabio". Lástima, quedaría muy solemne.
Por último y más importante, la novela es mi psicóloga, y ni siquiera me pide favores a falta de cobro. La novela me ayuda a olvidar que recuerdo. La novela es mi capucha cobarde y mi camarada muda. La novela desactiva la capacidad que me dio mi cerebro para preocuparme por lo más nimio. La novela es mi amante y mi mujer infiel.
La novela es la única opción que tengo de huir de mi mismo y, por ende, de ti, seas quien seas.
Hoy no tengo nada que leer, pero la escritura es la lectura de mi ayer.
Y ya va siendo hora de escribir un relato.
domingo, 31 de marzo de 2013
Una pequeña reflexión nocturna
Publicado por
Albert Alsina
en
14:52
Barcelona muda su piel de noche. Una excusa tan banal como la pérdida del último tren permite a vuestro humilde narrador contarlo por primera vez tras haberlo experimentado infinidad de veces. Ha valido la pena. [Un segundo bajo esa sonrisa merece permanecer en una ciudad corrompida y ataviada de drogadicción y prostitutas]. Un hombre de aspecto descuidado me ofrece cerveza y, con una sonrisa, declino su oferta. Debo de haber hallado un código secreto pues me ofrece algo más. Vuelvo a sonreír y él se marcha apaciguado, acostumbrado a recibir palabras grotescas e indiferencia. No, no es esta Barcino oscura lo que busco, pero sí lo que hallo a tardías horas. No me preocupa, no me desagrada. Me sumo en esta oscuridad y pierdo la pureza diurna que mora incómoda en mí. [Ya echo de menos su compañía y empieza a doler]. La estrella de Plaza Cataluña no brillará más por hoy [ni tampoco su mirada clavada en la mía]. [¿Qué me pasa? Me siento igual de inseguro que un adolescente virginal]. La soledad me ha encontrado en esta enorme ciudad, y no suele pasear por sus calles... Tampoco me incomoda su compañía... [Pero preferiría la de esa persona que acaba de partir]. Todo lo aprendido mediante la experiencia se desvanece entre el rojo de las latas de cerveza que venden por la calle individuos sin casta y el negro de la noche. [Baila, ríe, diviértete; yo pensaré en ti hasta que, agotado, pierda la conciencia]. No soy más que un punto difuso entre tantos aquí. No soy nada y nada expreso, mudo de un dolor que no entiendo y presa de un miedo tan irracional como mis deseos. [No soy más que un punto en un texto que te aburre, aunque quisiera llegar a convertirme en esa frase que tanto adoras, o, incluso, convertirme en "te quiero"]. Pero claro, todo esto no es más que una pequeña reflexión nocturna.
miércoles, 27 de marzo de 2013
La maldad de Venus
Publicado por
Albert Alsina
en
16:31
Es Venus siempre la que roza con su pelo mi tez provocando que la maldición se desate de nuevo. Me he resignado a que jamás podré librarme de ella, pues Venus es omnipresente y conoce todos y cada uno de mis pasos y pensamientos. De acuerdo, acepto que no soy rival para ella, pero quisiera tener una charla civilizada con la diosa del amor, con la mujer perfectamente imperfecta por antonomasia. El diálogo empezaría seguramente con una carcajada despótica por parte de la divinidad:
-¿Qué quieres de mí, humano? ¿Qué buscas de tu propia destrucción?
-Únicamente quiero ser libre...
-Sabes perfectamente que tu alma está sujeta a mis designios. Jamás serás libre.
-En ese caso, deja que te pida un pequeño favor.
-¿Y cuál es, pequeño ser?
-Quiero que tus deseos se centren exclusivamente en un alma de mujer.
-¿Quieres que libere de la pasión que te hace distinto del resto?
-No. Quiero que esa pasión se comprima para que solo una dama pueda saborearla en toda su esencia.Quiero sentir la locura una vez más, quiero que un solo ser pueda moldear mi espíritu a su antojo. Quiero bailar al son de los besos de unos labios. Quiero oler fascinado la cabellera de una sola princesa. Quiero ser un todo con ella.
-Entonces, tendrás que sacrificar todo lo que podrías llegar a sentir por otras personas del sexo que te atraiga.
-¿No es esa la gracia de la vida, señora? ¿El poder y tener que decidir entre una eternidad?
-En ese caso, te condeno, como has demandado, a las cadenas de la pasión individual. Solo una mujer podrá robarte el alma por completo, pero no te diré dónde encontrarla ni cómo distinguirla.
-Pero... ¡Así se me hará extremadamente difícil!
-Y... ¿No es esa la gracia de la vida mortal, humano?
Algo así.
De todos modos, mi pasión siempre se desata cuando una mujer me roba un fragmento esencial. Aunque... Aún no ha aparecido quien pueda eliminarme con un susurro. O sí. Quién sabe.
-¿Qué quieres de mí, humano? ¿Qué buscas de tu propia destrucción?
-Únicamente quiero ser libre...
-Sabes perfectamente que tu alma está sujeta a mis designios. Jamás serás libre.
-En ese caso, deja que te pida un pequeño favor.
-¿Y cuál es, pequeño ser?
-Quiero que tus deseos se centren exclusivamente en un alma de mujer.
-¿Quieres que libere de la pasión que te hace distinto del resto?
-No. Quiero que esa pasión se comprima para que solo una dama pueda saborearla en toda su esencia.Quiero sentir la locura una vez más, quiero que un solo ser pueda moldear mi espíritu a su antojo. Quiero bailar al son de los besos de unos labios. Quiero oler fascinado la cabellera de una sola princesa. Quiero ser un todo con ella.
-Entonces, tendrás que sacrificar todo lo que podrías llegar a sentir por otras personas del sexo que te atraiga.
-¿No es esa la gracia de la vida, señora? ¿El poder y tener que decidir entre una eternidad?
-En ese caso, te condeno, como has demandado, a las cadenas de la pasión individual. Solo una mujer podrá robarte el alma por completo, pero no te diré dónde encontrarla ni cómo distinguirla.
-Pero... ¡Así se me hará extremadamente difícil!
-Y... ¿No es esa la gracia de la vida mortal, humano?
Algo así.
De todos modos, mi pasión siempre se desata cuando una mujer me roba un fragmento esencial. Aunque... Aún no ha aparecido quien pueda eliminarme con un susurro. O sí. Quién sabe.
viernes, 1 de marzo de 2013
Adolescencia y sentimientos
Publicado por
Albert Alsina
en
1:05
Me gustaría retroceder en el tiempo, pero no para cambiar mi pasado, que es la base de mi futuro y lo que justifica mi presente. No, mi voluntad anacrónica nace del deseo de volver a sentir.
Durante la adolescencia nos vemos ahogados entre consejos adultos. La mayoría de ellos son pura fanfarronería que yo mismo he llegado a reproducir, pero algunos destilan sabiduría pura.
-"¡Vive ahora como si mañana fuera el último día!"
-"Siente todo lo que puedas sentir. Amor y odio; tristeza y alegría".
-"No te cierres a nada".
-"¿Por qué no intentas escribir una poesía?"
Me pasé los días encerrado en casa jugando a la videoconsola. Aprendí mucho así, aunque a priori parezca imposible, pero me perdí muchos detalles. Luego conocí a mis hermanos y desde entonces desterré a ese niño solitario que rehusaba la compañía humana. Al menos físicamente...
El segundo consejo lo seguí al pie de la letra, aunque no a voluntad. De todos modos, solo pude disfrutar la faceta negativa de la pasión. Miles de lágrimas derramé, pero de ese lago cristalino nació mi ego presente. De esa tortura nacieron estas palabras. Esta es la razón principal de querer volver al pasado... Quiero volver a sentir como un adolescente; quiero escribir como un virtuoso del piano al rozar las teclas. Anhelo volver a dejar que mis dedos corran libres y salvajes para luego emocionarme por un mensaje que ni yo mismo entiendo de dónde procede.
Deseo volver a sentir con fuerza para demostrarte qué es sentirse amado, para que entiendas qué es el amor, para que veas qué es una mirada de fascinación, para que en tus ojos se refleje mi espíritu. Lo que hoy te escriba no se compara con lo que el Albert adolescente habría creado. Pero ese muchacho está escondido en lo más profundo de mi ser.
Desde que mi padre me dijo una vez que "en el mundo hay de todo, hijo", descubrí que casi todo es posible y lo que no, es imaginable. Por eso mismo creo lo que no existe mediante la literatura y, de ese modo, creo mi mundo perfecto.
Por último... El cuarto consejo me lo dio mi profesora de castellano. Carmen, te debo muchísimo. Si no hubiese sido por esa poesía que me mandaste hacer... "Pero profe, yo no sé escribir. Y mucho menos hacer poesía". Insististe en que era un trabajo obligatorio y... Nació mi yo poeta. Abriste la caja de Pandora y empecé a destilar relatos, estados y a describir todo lo que me rodeaba.
Por último...
Me gustaría volver a conocer a mis hermanos una y otra vez. Repetir el día en que Víctor, Rubén y yo fuimos a nuestro primer Salón del Manga y dónde conocí a Ana y al propio Rubén. Volver a estrechar por primera vez la mano de Carlos. Volver a dedicarle una sonrisa idiota a Danny. Volver a escribirle esa nota a María. Volver a llamar rubia por primera vez a Laia. Volver a extrañarme de que Edu maquille cadáveres. Volver a reírme con un desconocido llamado Jose de lo ridículo que era ese juego. Volver a fotografiar a un hada llamada Jéssica... Volver a agregar a una vallisoletana con dudas existenciales llamada Marta... Volver a nacer en la misma habitación que Víctor... Volver a llorar como ahora mismo. Volver a mirar a Buenafuente con interés para volverme y ver a mi lado a una mujer hermosa; ofrecerle mi asiento y que me conteste que "no, gracias", con una sonrisa cautivadora causando que él deje de ser el centro de atención.
Volver a hacer muchas cosas, pero con 15 años.
Durante la adolescencia nos vemos ahogados entre consejos adultos. La mayoría de ellos son pura fanfarronería que yo mismo he llegado a reproducir, pero algunos destilan sabiduría pura.
-"¡Vive ahora como si mañana fuera el último día!"
-"Siente todo lo que puedas sentir. Amor y odio; tristeza y alegría".
-"No te cierres a nada".
-"¿Por qué no intentas escribir una poesía?"
Me pasé los días encerrado en casa jugando a la videoconsola. Aprendí mucho así, aunque a priori parezca imposible, pero me perdí muchos detalles. Luego conocí a mis hermanos y desde entonces desterré a ese niño solitario que rehusaba la compañía humana. Al menos físicamente...
El segundo consejo lo seguí al pie de la letra, aunque no a voluntad. De todos modos, solo pude disfrutar la faceta negativa de la pasión. Miles de lágrimas derramé, pero de ese lago cristalino nació mi ego presente. De esa tortura nacieron estas palabras. Esta es la razón principal de querer volver al pasado... Quiero volver a sentir como un adolescente; quiero escribir como un virtuoso del piano al rozar las teclas. Anhelo volver a dejar que mis dedos corran libres y salvajes para luego emocionarme por un mensaje que ni yo mismo entiendo de dónde procede.
Deseo volver a sentir con fuerza para demostrarte qué es sentirse amado, para que entiendas qué es el amor, para que veas qué es una mirada de fascinación, para que en tus ojos se refleje mi espíritu. Lo que hoy te escriba no se compara con lo que el Albert adolescente habría creado. Pero ese muchacho está escondido en lo más profundo de mi ser.
Desde que mi padre me dijo una vez que "en el mundo hay de todo, hijo", descubrí que casi todo es posible y lo que no, es imaginable. Por eso mismo creo lo que no existe mediante la literatura y, de ese modo, creo mi mundo perfecto.
Por último... El cuarto consejo me lo dio mi profesora de castellano. Carmen, te debo muchísimo. Si no hubiese sido por esa poesía que me mandaste hacer... "Pero profe, yo no sé escribir. Y mucho menos hacer poesía". Insististe en que era un trabajo obligatorio y... Nació mi yo poeta. Abriste la caja de Pandora y empecé a destilar relatos, estados y a describir todo lo que me rodeaba.
Por último...
Me gustaría volver a conocer a mis hermanos una y otra vez. Repetir el día en que Víctor, Rubén y yo fuimos a nuestro primer Salón del Manga y dónde conocí a Ana y al propio Rubén. Volver a estrechar por primera vez la mano de Carlos. Volver a dedicarle una sonrisa idiota a Danny. Volver a escribirle esa nota a María. Volver a llamar rubia por primera vez a Laia. Volver a extrañarme de que Edu maquille cadáveres. Volver a reírme con un desconocido llamado Jose de lo ridículo que era ese juego. Volver a fotografiar a un hada llamada Jéssica... Volver a agregar a una vallisoletana con dudas existenciales llamada Marta... Volver a nacer en la misma habitación que Víctor... Volver a llorar como ahora mismo. Volver a mirar a Buenafuente con interés para volverme y ver a mi lado a una mujer hermosa; ofrecerle mi asiento y que me conteste que "no, gracias", con una sonrisa cautivadora causando que él deje de ser el centro de atención.
Volver a hacer muchas cosas, pero con 15 años.
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